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El Pico Blanco
Por Miguel M. Delicado Publicado en Escritos del Autor, Geografía, Historia, Literatura en 25/01/2011
Roma. Las aristocracias provincianas Anterior Aristóteles. Las formas de gobierno griegas Siguiente

Akra Leuke: una excelente ubicación, un icono referente, una tierra blanquecina, una visión mora, un entorno marítimo, una bahía preferente…

Todas las características precedentes mencionadas hacen referencia a un objetivo concreto: la situación geográfica ideal de una simple montaña, mediante la cual los navegantes (entonces de cabotaje), fenicios, griegos, cartagineses y romanos ávidos de referencias costeras para su posicionamiento marítimo, se ubicaban frente a la bahía alicantina.

Fueron los cartagineses los que aquilataron su fundación, pero los griegos su previa denominación. El caso es que fue Amilcar, padre de Aníbal, el famoso «cartaginés» de la familia de los Bárquida púnicos que fueron enviados a Hispania, el que vislumbró la situación ideal de ese pico o extremo “Akratida” de un blanco “Leukido” que serviría a todas luces como icono referente para la navegación de sus quinquerremes y sus posibilidades estratégicas para una segunda guerra púnica contra los romanos, que se hacía querer cada vez más.

Fue el faro de una Alejandría hispánica que se ha mantenido a lo largo de milenios, dando a la bahía un porte militar de vigilancia permanente, que ha supervisado acometimientos navales, ha respondido mediante enfoques de cañón a través de sus troneras y en modo alguno ha tenido en cuenta para quién o a quienes servía.

Cara del Moro. Fuente: absolutalicante.com

Gracias a él, por su preponderancia defensiva y su magnífica aptitud “oteadora”, se produjeron los asentamientos de la población en su falda y cercanías, como la próxima Lucentum de la que hablaremos en otra ocasión y que no por ser cercana debe usted hacerle menosprecio, créame.

Conversión de una montaña en fortaleza con el paso de los siglos, hoy llamada Castillo de Santa Bárbara “por la gracia de Dios”, con sus muros, sus troneras, sus cañones y su imponente altura de ciento sesenta y seis metros y que no deja indiferente ni al señor cartaginés ni al minorasiático.

Un baluarte cuya faz moruna no deja sino un atisbo de asombro al pensar en cuántas luchas personificó, cuántas naves orientó y cuántos hombres murieron por su alteza, fueran griegos, cartagineses o anarquistas de una guerra civil injusta citados para una asamblea de la que nadie regresó. Evidentemente de lo último hay pocas fuentes… salvo la historia del abuelo que quizás porque ya su olfato le hacía rencor al olor del pino mediterráneo de sus laderas, decidió a medio camino no culminar el ascenso del “Leukido”.

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