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El tráfico medieval. Ordenamientos y usos
Por Miguel M. Delicado Publicado en Geografía en 03/05/2011
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Calle medieval. Fuente: http://www.pueblos-espana.org

La materia da para escribir un libro, voy a tratar de sintetizar al máximo lo relacionado con el tema.

La palabra Tráfico procede del término latino Transfigicare, que significa cambio de sitio. La primera Ley que recoge la palabra Tráfico en España con su actual significado es la promulgada el 28 de Febrero de 1772 que establecía las “Reglas que deben observarse para la conservación de los caminos generales del reino”.

La circulación de personas y animales (tránsito peatonal-animal o tráfico vehicular) es un hecho inherente a la propia humanidad por su necesidad de desplazamiento. La regulación de los modos y formas de convivencia entre los ciudadanos respecto al tráfico no era en el medievo una banalidad (y no me refiero a los molinos de los señores). Los pasos de animales, con sus consecuentes defecaciones, la caída de la carga en mitad del viario, recogida de la misma, atasco consecuente y en consecuencia a la disposición de ordenación urbana con calles estrechas intramuros, eran un problema de entidad.

Aun siendo anterior, cito como ejemplo que en Pompeya me llamó la atención la forma de los pasos peatonales. Eran resaltes intermitentes sobre el pavimento, que se situaban en sus extremos a la altura de las “aceras”; esto permitía el fluir de las aguas residuales y la lluvia a través de ellos. Se prohibían accesos a la zona del foro a carruajes, mediante la instalación de muros de piedra que impedían el paso para evitar los colapsos circulatorios. Los surcos en la piedra del pavimento debido a las ruedas de los carruajes tenían hasta diez centímetros de desgaste. Ya se disponía el doble sentido y las zonas de giro para carruajes. Inclusive se modificaba el viario en función de nuevas construcciones como los baños públicos, que generaban una alta densidad de movimiento hacia y desde los mismos.

Si imaginamos una escena de tránsito medieval, nos daremos cuenta que dicha convivencia entre peatones, animales de carga y carruajes (los menos, por el gran deterioro que presentaban muchas calzadas y se llegaron a prohibir) necesitaba una regulación. No debemos olvidar que las muertes por accidente ya existían desde el mundo antiguo, y no hacían falta automóviles, con los carros y animales bastaba. La restricción de carruajes motivó el transporte en animales de carga mediante alforjas, pero posteriormente las clases acomodadas hicieron resurgir el uso de los primeros.

Uno de los primeros vehículos a reseñar de la edad media fue la whirlicote, una especie de litera sobre ruedas tirada por caballos. La diligencia parece probable que se construyó antes del siglo XVI y en Hungría.

En el medievo las regulaciones vehiculares existían en la mayoría de las ciudades, limitando tanto la velocidad (ya era un problema social) como la cantidad circulatoria o densidad de las vías. En el Liber Albus de normas del Londres del siglo XV, ya se prohibía la conducción más rápida por llevar el carro vacío; la pena por exceso de velocidad oscilaba desde los cuarenta peniques hasta la cárcel. Hay que tener en cuenta que en 1.720 el tráfico de los transportes era la primera causa de muerte. Posteriormente, en 1.867 en la ciudad de Nueva York, tenían hasta cuatro fallecidos por semana a causa del tráfico.

Otro problema añadido era el ruido. Ya el poeta Juvenal citaba la imposibilidad de dormir a causa del ruido de los carros y del tráfico.

En las ciudades medievales el tráfico no solo era un problema, también generaba beneficios. El pago de los portazgos (derivado del portorio romano) y la facilidad de acceso con las mercancías, propiciaba tanto el comercio como la recaudación de impuestos municipales. De ahí que interesaba la regulación más que la prohibición; la una permitía el desarrollo comercial y la mejora económica de la ciudad; la otra disminuía o limitaba estos mismos conceptos. Aunque el portazgo correspondía al monarca, este delegaba la exacción en los señores o pueblos, arraigando esta costumbre en el siglo XIV.

Las vías tenían una suma importancia. El paso continuo de personas y animales, así como de carruajes, provocaba un deterioro acelerado de las mismas y ese aumento demográfico medieval urbano lo acrecentaba. Las ferias y mercados, en auge a partir del siglo XI, las peregrinaciones de carácter religioso y el auge comercial en general desencadenaban un necesario mantenimiento viario. Este mantenimiento se convirtió en una obligación personal de colaboración por parte de los residentes, tanto en construcción como en mantenimiento, hecho que dura hasta hoy en día con los impuestos de circulación de las ciudades.

Paso peatonal en Pompeya

La seguridad de las vías se enfocaba por tanto a evitar la accidentabilidad, como a la de evitar asaltos. Ello motivó la aparición de guardas que garantizaran “la paz del camino”.

Para terminar, diremos que el problema del tráfico no es nuevo, generaba muchos inconvenientes y beneficios en el medievo. Sus antecedentes en el mundo antiguo y su devenir en el mundo nuevo no han variado más que cuantitativa y cualitativamente esos factores, pero las muertes siguen estando ahí, fueren por un caballo desbocado o un coche volcado.

No existe mucha bibliografía al respecto, pero es un tema interesante por sus connotaciones económicas y sociales, se han estudiado aspectos relacionados con los usos y costumbres reguladores, bien a través de la propia historiografía, bien por arqueología, denotando una gran transformación social por su transcendencia, pero no siendo un tema fácil de investigar, por ser un asunto de “menor” interés a efectos literarios de la época. Las referencias y los restos físicos son el referente único para la investigación. En consecuencia es difícil pero no por ello menos interesante ahondar en el pasado de nuestra locomoción.

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